La crisis humanitaria que vive Haití es una de las más alarmantes del mundo, con niveles de violencia extremos que han convertido a gran parte del país en una zona de guerra. Las pandillas han tomado el control de ciudades y carreteras, bloqueando el acceso a alimentos, medicinas y combustibles.
En medio de este caos, comunidades religiosas, como las Hermanitas de Santa Teresita del Niño Jesús, intentan seguir con su labor de servicio y evangelización, pero enfrentan amenazas constantes.
Según la ONU, solo en 2024, más de 5.600 personas han sido asesinadas en Haití, mientras que otras miles han sido secuestradas o heridas en ataques violentos. La policía haitiana, mal equipada y superada en número, ha perdido el control de vastas zonas del territorio. Así da cuenta Chris Herlinger, periodista que publicó el reportaje en Global Sisters Report.
Misión de fe en medio del caos
Las hermanas religiosas no son ajenas a esta realidad. Sor Denise Desil, madre general de las Hermanitas de Santa Teresita del Niño Jesús, describe cómo su comunidad vive en constante encierro y vigilancia: “Somos prisioneras en nuestra propia casa”, dice con tristeza. Viajar fuera de su convento significa un riesgo mortal, y en las pocas ocasiones en que lo hace, debe vestirse de civil para evitar ser identificada como religiosa y secuestrada.
Aún más doloroso es el hecho de que muchos de los jóvenes que ahora forman parte de las pandillas alguna vez fueron sus estudiantes. La falta de oportunidades, el hambre y la desesperación se han convertido a las pandillas en la única opción de supervivencia para miles de jóvenes en Haití.
La vida cotidiana de los haitianos se ha convertido en una lucha constante por la supervivencia. Las carreteras bloqueadas han disparado los precios de los alimentos y el combustible, dejando a la población en una pobreza aún más extrema.
La violencia generalizada y sus víctimas
Chris Herlinger comenta que el terror es tal que las masacres ya ni siquiera sorprenden. En diciembre de 2024, al menos 207 personas fueron asesinadas en Cité Soleil, una de las zonas más peligrosas de Puerto Príncipe. Muchos de ellos eran ancianos, acusados de “brujería” por una pandilla que buscaba justificar sus atrocidades.
La situación en los hospitales es igual de desesperante. En la víspera de Navidad, un grupo de periodistas se reunió para documentar la reapertura del Hospital General en Puerto Príncipe, en lugar de una buena noticia, lo que ocurrió fue una masacre: hombres armados abrieron fuego, matando a varios reporteros y a un oficial de policía.
Las mujeres haitianas enfrentan una amenaza aún mayor. Según el Instituto de Georgetown para la Mujer, la Paz y la Seguridad, ellas son el principal blanco de asesinatos y agresiones sexuales en medio del conflicto. La combinación de violencia de pandillas y el colapso del Estado las deja en una situación de absoluta indefensión.
La responsabilidad internacional y el tráfico de armas
Uno de los mayores factores que alimentan la violencia en Haití es el flujo constante de armas ilegales. Se estima que el 70% de las armas que llegan al país provienen de Estados Unidos, facilitadas por el tráfico ilegal a través de la frontera con República Dominicana.
Más de 20 congregaciones religiosas en EE.UU. han denunciado esta realidad y han pedido acciones concretas para detener la venta de armas a las pandillas haitianas. Sin embargo, los esfuerzos para frenar este comercio han sido mínimos.
Kim Lamberty, directora ejecutiva del Centro Quijote, advierte que la relación entre la migración haitiana y el tráfico de armas debe ser comprendida en su totalidad: “Los haitianos no vienen a EE.UU. a quitarnos nuestros trabajos. Vienen porque en su país no pueden vivir con seguridad”, señala.
¿Hay esperanza para Haití?
Mientras la comunidad internacional debate sobre qué hacer, la situación en Haití sigue empeorando. Aunque la ONU aprobó una misión de seguridad liderada por Kenia, el despliegue ha sido insuficiente. De los 2.500 agentes prometidos, solo 800 han llegado al país, lo que deja a la policía haitiana prácticamente sola en la lucha contra el crimen organizado.
Para la hermana Marilyn Lacey, quien ha trabajado en Haití durante más de una década, la solución no pasa por enviar más armas al país: las pandillas ya tienen más armas que el propio ejército haitiano. “Lo que Haití necesita es estabilidad, desarrollo y oportunidades para su gente”.
Cada día que pasa, las pandillas ganan más territorio y la desesperanza crece entre la población. Si la comunidad internacional no toma medidas urgentes, el país se encamina a un colapso.
Mientras tanto, las Hermanitas de Santa Teresita del Niño Jesús siguen su labor en silencio, resistiendo con fe en medio de la oscuridad. Para ellas, Haití aún tiene esperanza. La hermana Denise Desil, madre general de las Hermanitas de Santa Teresita del Niño Jesús, dijo que su congregación, continúa manteniendo los ministerios, como las escuelas, en los 31 sitios de misión de la congregación en áreas rurales donde la actividad de las pandillas aún no es tan prominente como en las áreas urbanas. “Hacemos lo que podemos”, afirmó.
Nota reproducida en ADN Celam